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Con
mucha frecuencia escuchamos expresiones como: “¿para
qué casarse por la Iglesia, si así estoy bien?”,
“sí me caso, pero después, por ahora no”,
etcétera.
En
la revista Visión Católica (agosto de 2004), el Padre
Lucio Olvera nos habla de la importancia para los novios de prepararse
adecuadamente para recibir el sacramento del Matrimonio, y me parece
que el enfoque que le da está bien hecho. Remito al lector
a ese artículo.
Pero...
¿qué pasa en nuestros días cuando muchas parejas
en el ámbito católico se resisten a contraer matrimonio
según la ley de la Iglesia? ¿por qué se rechaza
este sacramento? ¿qué hay en el fondo de estas maneras
de actuar?
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La
Iglesia católica sigue haciendo sus mejores esfuerzos por
ofrecer a sus fieles una pastoral organizada. Son muchos los sacerdotes
y laicos comprometidos en esta tarea: el Papa y los obispos con
frecuencia nos invitan a madurar en nuestra experiencia de fe. La
Iglesia ofrece a sus fieles un adecuado acceso a los sacramentos.
Sin embargo, no falta quien tiene idea de lo contrario, pues cuando
solicitan en la parroquia la recepción de algún sacramento
y se les dicen los requisitos, algunos se molestan y se preguntan,
con cierto resentimiento: “¿Por qué la Iglesia
pone tantos obstáculos?”.
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Los
tiempos actuales nos piden no actuar a la ligera, y nunca la Iglesia
ha procedido así. Y es que vemos, al interior de muchas comunidades
católicas, algunos problemas que rebasan nuestra capacidad
pastoral: niños que crecen sin Bautismo, jóvenes sin
la Primera Comunión, parejas sin el sacramento del Matrimonio,
hijos de padres solteros, divorciados vueltos a casar por el civil,
familias desintegradas, etc., lo cual presenta muchos retos para
la acción pastoral de la Iglesia. Incluso, a veces parece
que el problema se hace más grande, y que en lugar de progresar,
vamos perdiendo terreno. Alguien dijo que la Iglesia católica
era la institución más grande a inicios del 2004,
pero que a la vez era la que menos crecía. Es un dato escalofriante
que mucho tiene de verdad. Aunque en números sí crecemos,
pero la calidad de nosotros como cristianos deja mucho que desear.
Es cierto que la Iglesia trabaja fuertemente, que muchas de nuestras
parroquias tienen buenos proyectos pastorales y que infinidad de
laicos están trabajando de manera muy comprometida, pero...
¿qué es eso frente a tantos hermanos que nos necesitan?
Lo
urgente: la formación cristiana
Un
gran reto que debemos afrontar es la atención a las familias
y al sector de los jóvenes, quizás el más difícil,
el más exigente, pero también el que ofrece más
esperanzas. No es suficiente, para contraer matrimonio, buena voluntad
de los cónyuges, tampoco una preparación prematrimonial
de unas cuantas pláticas en nuestra pastoral de parroquias,
que de por sí, son muchas las parejas que no se acercan.
Me parece que el problema es anterior, en el ámbito de nuestras
familias, ya que las ofertas de nuestra pastoral parroquial no parecen
erradicar dichos problemas. Esto nos remite a la calidad de la educación
cristiana que los padres ofrecen a sus hijos y el acompañamiento
pastoral que, como pastores, podemos ofrecer a las familias y a
los jóvenes desde nuestras propuestas del plan pastoral de
la parroquia misma.
No
descartamos otros fenómenos que sufrimos en nuestra sociedad
actual y que impiden un trabajo pastoral adecuado, por ejemplo:
la influencia negativa de los medios de comunicación (sobre
todo televisión e Internet), el relativismo en los valores,
el materialismo consumista, unido a un hedonismo atractivo y destructivo
que va haciendo perder el rumbo y vivir sin referencias, sin compromisos,
sin valores y sin ideales, que genera, como consecuencia, un vacío
existencial, una serie de inseguridades y miedos y pocas ilusiones
por vivir. Estos fenómenos, entre otros, también provocan
una descristianización de muchas familias porque los focos
de interés y las motivaciones de nuestra sociedad actual
están en otra parte, fuera del ámbito de la fe. Esto
aplicado a la realidad matrimonial nos lleva a pensar que muchas
parejas que decidieron vivir juntos, pero sin contraer matrimonio
eclesiástico, pueden estar siendo víctimas de la realidad
anterior. Aunque sus razones las plantean algo así como:
“no me caso ahora porque no tengo dinero”, “porque
no estoy seguro de vivir con ella (o con él) para siempre”
aunque ya tengan hijos, “así estamos bien”, “si
me caso empiezo a tener problemas”, “que tal si no me
entiendo con ella”, “para que me pase lo mismo que a
fulano, mejor no”, etcétera. |
Y
esto no es fruto de mi imaginación, pues cuando vamos a misiones
y el párroco del lugar nos pide un trabajo pastoral específico
con las parejas de amancebados, nos encontramos con las negativas
anteriores como argumento para no contraer matrimonio. Y son muchas
parejas católicas las que viven en situaciones irregulares
y se oponen abiertamente a casarse por la Iglesia, con el habido
dolor de sus padres y/o de uno de los cónyuges, casi siempre
la mujer, pues es la que más sufre por la incertidumbre del
futuro de ella y de sus hijos, ya que generalmente en estos casos
quien no desea contraer matrimonio es el hombre.
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Por
eso es conveniente, como dice el Padre Lucio en el artículo
citado, que los sacerdotes platiquen con las parejas y dialoguen
sobre sus problemas familiares. También si se lleva una pastoral
familiar y juvenil más atendidas y mejor organizadas, habida
cuenta de sus dificultades, tendremos parejas mejor formadas e informadas
del valor del sacramento del Matrimonio y de su vida cristiana en
general. De esto pueden dar fe muchos sacerdotes que están
trabajando en esto.
Dolorosamente vemos que,
por ahora, el problema de los que viven en unión libre, no
se pueda solucionar, pero luchemos todos para que esa brecha que
va creciendo cada día más, no sea más grande
y para que el sacramento sea buscado y valorado. Una pastoral que
siempre se organiza nos proporciona un pueblo mejor evangelizado.
Ya la Conferencia Episcopal
Latinoamericana (celam), reunida en Puebla, en 1979, en las opciones
pastorales sobre la familia la señala como opción
básica cuando dice: “Teniendo en cuenta las enseñanzas
de Medellín, de Pablo VI y el reciente magisterio de Juan
Pablo II acerca de la familia: Haced todos los esfuerzos para que
haya una pastoral de la familia. Atended a campo tan prioritario
con la certeza de que la evangelización en el futuro depende
en gran parte de la “Iglesia doméstica” (Discurso
inaugural IV a: AAS 71 P. 204), ratificamos la prioridad de la pastoral
familiar dentro de la Pastoral orgánica en América
Latina. (Documento de Puebla No. 590).
Respecto a la atención
a los jóvenes también señala: “Por ello,
queremos ofrecer una línea pastoral global: Desarrollar,
de acuerdo con la pastoral diferencial y orgánica, una pastoral
de juventud, que tenga en cuenta la realidad social de los jóvenes
de nuestro continente; atienda a la profundización y al crecimiento
de la fe para la comunión con Dios y con los hombres; oriente
la opción
vocacional de los jóvenes; les brinde elementos para convertirse
en factores de cambio y les ofrezca canales eficaces para la participación
activa en la Iglesia y en la transformación de la sociedad”
(Documento de Puebla No. 1187).
También nuestra
Diócesis de Toluca está trabajando por los jóvenes,
así lo señala en el Plan Diocesano de Pastoral 2001-2005
al expresar que: “Necesitamos, en nuestra realidad eclesial
diocesana, hacer una opción pastoral y misionera por los
jóvenes, favorecer su encuentro y contemplación de
Jesucristo vivo y propiciar su formación integral, como testigos
suyos y protagonistas de la transformación del mundo de hoy”
(p. 216).
Ojalá
sigamos trabajando así para poder afrontar el problema de
tantas parejas unidas sin el sacramento del Matrimonio.
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