¿ Casarse por la Iglesia ?
Matrimonios                                                                                            Pbro. Lic. Juan Mendoza Mejía



Con mucha frecuencia escuchamos expresiones como: “¿para qué casarse por la Iglesia, si así estoy bien?”, “sí me caso, pero después, por ahora no”, etcétera.

En la revista Visión Católica (agosto de 2004), el Padre Lucio Olvera nos habla de la importancia para los novios de prepararse adecuadamente para recibir el sacramento del Matrimonio, y me parece que el enfoque que le da está bien hecho. Remito al lector a ese artículo.

Pero... ¿qué pasa en nuestros días cuando muchas parejas en el ámbito católico se resisten a contraer matrimonio según la ley de la Iglesia? ¿por qué se rechaza este sacramento? ¿qué hay en el fondo de estas maneras de actuar?

La Iglesia católica sigue haciendo sus mejores esfuerzos por ofrecer a sus fieles una pastoral organizada. Son muchos los sacerdotes y laicos comprometidos en esta tarea: el Papa y los obispos con frecuencia nos invitan a madurar en nuestra experiencia de fe. La Iglesia ofrece a sus fieles un adecuado acceso a los sacramentos. Sin embargo, no falta quien tiene idea de lo contrario, pues cuando solicitan en la parroquia la recepción de algún sacramento y se les dicen los requisitos, algunos se molestan y se preguntan, con cierto resentimiento: “¿Por qué la Iglesia pone tantos obstáculos?”.

Los tiempos actuales nos piden no actuar a la ligera, y nunca la Iglesia ha procedido así. Y es que vemos, al interior de muchas comunidades católicas, algunos problemas que rebasan nuestra capacidad pastoral: niños que crecen sin Bautismo, jóvenes sin la Primera Comunión, parejas sin el sacramento del Matrimonio, hijos de padres solteros, divorciados vueltos a casar por el civil, familias desintegradas, etc., lo cual presenta muchos retos para la acción pastoral de la Iglesia. Incluso, a veces parece que el problema se hace más grande, y que en lugar de progresar, vamos perdiendo terreno. Alguien dijo que la Iglesia católica era la institución más grande a inicios del 2004, pero que a la vez era la que menos crecía. Es un dato escalofriante que mucho tiene de verdad. Aunque en números sí crecemos, pero la calidad de nosotros como cristianos deja mucho que desear. Es cierto que la Iglesia trabaja fuertemente, que muchas de nuestras parroquias tienen buenos proyectos pastorales y que infinidad de laicos están trabajando de manera muy comprometida, pero... ¿qué es eso frente a tantos hermanos que nos necesitan?

Lo urgente: la formación cristiana

Un gran reto que debemos afrontar es la atención a las familias y al sector de los jóvenes, quizás el más difícil, el más exigente, pero también el que ofrece más esperanzas. No es suficiente, para contraer matrimonio, buena voluntad de los cónyuges, tampoco una preparación prematrimonial de unas cuantas pláticas en nuestra pastoral de parroquias, que de por sí, son muchas las parejas que no se acercan. Me parece que el problema es anterior, en el ámbito de nuestras familias, ya que las ofertas de nuestra pastoral parroquial no parecen erradicar dichos problemas. Esto nos remite a la calidad de la educación cristiana que los padres ofrecen a sus hijos y el acompañamiento pastoral que, como pastores, podemos ofrecer a las familias y a los jóvenes desde nuestras propuestas del plan pastoral de la parroquia misma.

No descartamos otros fenómenos que sufrimos en nuestra sociedad actual y que impiden un trabajo pastoral adecuado, por ejemplo: la influencia negativa de los medios de comunicación (sobre todo televisión e Internet), el relativismo en los valores, el materialismo consumista, unido a un hedonismo atractivo y destructivo que va haciendo perder el rumbo y vivir sin referencias, sin compromisos, sin valores y sin ideales, que genera, como consecuencia, un vacío existencial, una serie de inseguridades y miedos y pocas ilusiones por vivir. Estos fenómenos, entre otros, también provocan una descristianización de muchas familias porque los focos de interés y las motivaciones de nuestra sociedad actual están en otra parte, fuera del ámbito de la fe. Esto aplicado a la realidad matrimonial nos lleva a pensar que muchas parejas que decidieron vivir juntos, pero sin contraer matrimonio eclesiástico, pueden estar siendo víctimas de la realidad anterior. Aunque sus razones las plantean algo así como: “no me caso ahora porque no tengo dinero”, “porque no estoy seguro de vivir con ella (o con él) para siempre” aunque ya tengan hijos, “así estamos bien”, “si me caso empiezo a tener problemas”, “que tal si no me entiendo con ella”, “para que me pase lo mismo que a fulano, mejor no”, etcétera.

Y esto no es fruto de mi imaginación, pues cuando vamos a misiones y el párroco del lugar nos pide un trabajo pastoral específico con las parejas de amancebados, nos encontramos con las negativas anteriores como argumento para no contraer matrimonio. Y son muchas parejas católicas las que viven en situaciones irregulares y se oponen abiertamente a casarse por la Iglesia, con el habido dolor de sus padres y/o de uno de los cónyuges, casi siempre la mujer, pues es la que más sufre por la incertidumbre del futuro de ella y de sus hijos, ya que generalmente en estos casos quien no desea contraer matrimonio es el hombre.

Por eso es conveniente, como dice el Padre Lucio en el artículo citado, que los sacerdotes platiquen con las parejas y dialoguen sobre sus problemas familiares. También si se lleva una pastoral familiar y juvenil más atendidas y mejor organizadas, habida cuenta de sus dificultades, tendremos parejas mejor formadas e informadas del valor del sacramento del Matrimonio y de su vida cristiana en general. De esto pueden dar fe muchos sacerdotes que están trabajando en esto.

Dolorosamente vemos que, por ahora, el problema de los que viven en unión libre, no se pueda solucionar, pero luchemos todos para que esa brecha que va creciendo cada día más, no sea más grande y para que el sacramento sea buscado y valorado. Una pastoral que siempre se organiza nos proporciona un pueblo mejor evangelizado.

Ya la Conferencia Episcopal Latinoamericana (celam), reunida en Puebla, en 1979, en las opciones pastorales sobre la familia la señala como opción básica cuando dice: “Teniendo en cuenta las enseñanzas de Medellín, de Pablo VI y el reciente magisterio de Juan Pablo II acerca de la familia: Haced todos los esfuerzos para que haya una pastoral de la familia. Atended a campo tan prioritario con la certeza de que la evangelización en el futuro depende en gran parte de la “Iglesia doméstica” (Discurso inaugural IV a: AAS 71 P. 204), ratificamos la prioridad de la pastoral familiar dentro de la Pastoral orgánica en América Latina. (Documento de Puebla No. 590).

Respecto a la atención a los jóvenes también señala: “Por ello, queremos ofrecer una línea pastoral global: Desarrollar, de acuerdo con la pastoral diferencial y orgánica, una pastoral de juventud, que tenga en cuenta la realidad social de los jóvenes de nuestro continente; atienda a la profundización y al crecimiento de la fe para la comunión con Dios y con los hombres; oriente la opción
vocacional de los jóvenes; les brinde elementos para convertirse en factores de cambio y les ofrezca canales eficaces para la participación activa en la Iglesia y en la transformación de la sociedad” (Documento de Puebla No. 1187).

También nuestra Diócesis de Toluca está trabajando por los jóvenes, así lo señala en el Plan Diocesano de Pastoral 2001-2005 al expresar que: “Necesitamos, en nuestra realidad eclesial diocesana, hacer una opción pastoral y misionera por los jóvenes, favorecer su encuentro y contemplación de Jesucristo vivo y propiciar su formación integral, como testigos suyos y protagonistas de la transformación del mundo de hoy” (p. 216).

Ojalá sigamos trabajando así para poder afrontar el problema de tantas parejas unidas sin el sacramento del Matrimonio.